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(A partir del libro “Amar sin sufrir” de Mª Jesús Álava
Reyes)


 

“Ni los hombres son imposibles, ni las mujeres incomprensibles”

Muchas parejas empiezan a vivir juntos sin haberse preparado para ello de forma objetiva. No sabemos realmente cómo somos, cómo sentimos, en qué nos parecemos, en qué nos diferenciamos, lo que nos aleja, lo que nos acerca,…

Transcurrido un tiempo de una relación muchas parejas se sienten invadidas por las dudas, los miedos, los temores y las inseguridades; no saben cómo actuar, y lo que era dicha y alegría, con frecuencia se transforma en desasosiego, ansiedad o dolor.

Las causas que pueden desencadenar las dudas son tan diversas como complejas somos las personas. Un comentario, una actitud, una conducta a la que no habíamos dado importancia otras veces, adquiere de pronto un dramatismo que parece mover los cimientos más profundos. En otras ocasiones, nuestros pensamientos empiezan a cuestionar lo que la pareja ha hecho o dejado de hacer, lo que nosotros desearíamos que hiciera, lo que creemos que debería haber pasado, lo que el otro puede estar pensando, lo que no nos dice pero espera que nosotros adivinemos, lo que nos oculta… Al final, nos encontramos en medio de una gran tormenta ocasionada por nosotros mismos y la pareja sufre un gran desgaste. Por una parte, la persona que no controla sus pensamientos, y no es consciente de que está provocando emociones erróneas, pide, exige o espera lo que el otro no puede darle: y el otro miembro, de repente, siente cómo un alud, que no sabe de dónde ha venido, arrastra y hace naufragar su relación afectiva.

La mujer a menudo se muestra muy sensible a las manifestaciones de cariño, a los cuidados, mimos, atenciones y detalles por parte de su pareja. Necesita sentir que es el centro de interés de su pareja. Sus dudas y angustias surgen al constatar que su pareja no parece sentir esa necesidad, o lo que a veces es peor, no parece ser consciente de que ella lo está pasando mal. La mujer, lejos de pensar que el hombre siente el amor de otra forma y lo manifiesta de manera distinta, empieza a pedir y exigir esas manifestaciones afectivas que tanto añora y que en ella van unidas al hecho de sentir amor.

El hombre, con frecuencia se siente sorprendido y requerido a tener determinadas manifestaciones afectivas que le cuestan, pues en muchas ocasiones no le surgen de forma espontánea. Por otra parte, el hecho de sentirse “casi obligado”, lejos de estimularle o acercarle afectivamente hacia su pareja, le produce rechazo y distanciamiento.

No buscamos en la pareja alguien parecido a nosotros, sino alguien que nos complemente, que sea diferente, que destaque o nos dé seguridad en aquellos puntos donde nos sentimos más débiles. A pesar de las diferencias han de compartir los valores que para ellos son fundamentales. Diferentes pero complementarios, no antagónicos. El problema es que al principio de las relaciones sentimos más “con el corazón que con la razón”. Y podemos equivocarnos al elegir a la persona con quien compartir nuestra vida.

Cuando a alguien que dice querernos parece no importarle el dolor que nos produce esa relación, o lo justifica por las circunstancias, los cambios de humor, las dificultades que surgen,… esa persona no nos quiere, en todo caso se quiere a sí misma. En los momentos críticos te das cuenta de hasta qué punto le importas a tu pareja.

Los principales errores que debemos evitar en una relación son:

  • Estar siempre con el hacha preparada
  • Querer cambiar a la pareja en lo fundamental
  • No aclarar situaciones conflictivas
  • Tratar de imponer nuestro criterio cuando se trata de principios fundamentales
  • Permitir vejaciones o ataques a nuestra dignidad
  • Utilizar los hijos contra la pareja
  • Esperar que las mujeres reaccionen como si fueran hombres, o los hombres como si fueran mujeres
  • Pensar que nuestra pareja tiene que satisfacer todas nuestras necesidades, sin saber lo que uno debe encontrar dentro de sí mismo
  • Seguir con la pareja cuando la relación está agotada

Cuando la historia pasada nos ha traído dolor, un dolor inútil, causado no tanto por las circunstancias adversas, sino por personas que sienten, analizan, valoran y priorizan de forma diferente, ¡no merece la pena alimentar la esperanza!.  Merece la pena
intentarlo sólo si lo que hemos vivido nos llenó de satisfacción, de equilibrio
y plenitud, y si ambos aún compartimos lo esencial del amor: respeto, generosidad, admiración y el deseo de intentarlo hasta desfondarnos, con lo mejor que llevamos dentro.

En cualquier caso, antes de tomar una decisión importante, hay que conseguir un estado previo de serenidad y tranquilidad, que nos permita observar con calma los hechos, analizar los estados emocionales y decidir con objetividad las acciones que vamos a realizar. A veces será necesario que nos distanciemos de la situación que nos agobia y nos permitamos tomar nuestras decisiones libremente, sin dejarnos condicionar por opiniones o hechos que parezcan atraparnos.

Los sentimientos se facilitan, no se imponen. Si alguien ha dejado de sentir amor o afecto, ni debe obligarse a sentirlo, ni podemos exigirle que tenga manifestaciones que no le surgen espontáneamente. Cuando el amor se ha terminado, lo mejor que podemos hacer es mimarnos en la medida que lo necesitemos. Para ello no nos regañaremos ni traeremos a nuestra mente sucesos dolorosos. No nos podemos pasar la vida añorando lo que tuvimos y sintiéndonos mal por lo que no tenemos. Las personas no nos podemos encadenar a una relación que, lejos de enriquecernos, nos llena de tristeza y ansiedad.  Mimarnos es abrazarnos y querernos en esos momentos de buscada o forzada soledad.

Cuando una relación finaliza no se acaban nuestra vida ni nuestras opciones de ser felices; por el contrario comienza una fase llena de posibilidades. Cualquier situación anterior no fue mejor, fue distinta. El presente, no el pasado, puede ofrecernos nuevas y esperanzadoras emociones.
Pero no debemos ser impulsivos y actuar desde la impaciencia. No conviene empezar una nueva relación con las heridas abiertas pues sangraríamos ante las primeras dificultades, y no olvidemos nunca que los demás pueden ayudarnos en nuestra búsqueda de la felicidad, pero ni son los responsables de que lo logremos, ni los culpables de que no lo consigamos.

 

 

 

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(A partir del libro "Un viaje hacia el corazón", de Ascensión Belart)

Un viaje hacia el interior del corazón es una expedición hacia las profundidades de uno mismo, el proceso de crecimiento para convertirnos en seres humanos maduros y plenamente desarrollados. Este viaje requiere, en primer lugar, una limpieza o clarificación psicológica en la que vamos tomando conciencia de nuestros condicionamientos, limitaciones y defensas para finalmente acceder y desarrollar nuestro ser esencial.  Hemos de reconocer y trabajar nuestras pautas de infancia, nuestras imágenes limitadoras y conductas autodestructivas, los modelos de relaciones disfuncionales, la negación de nuestras necesidades, el miedo al amor y al abandono y los apegos. Se trata de un proceso de individuación para llegar a ser uno mismo, con las singularidades y peculiaridades propias.

Cuando no estamos en armonía con nuestra propia vida, o con la existencia en general, en ocasiones el alma se queja, protesta y reclama atención, y surgen los síntomas.  Estos indican la dirección de lo que el alma anhela, pero también aquello de lo que nos defendemos, a lo que nos resistimos con ahínco, e incluso buscan obtener lo que uno no se atreve a pedir. Si bien los síntomas los crea uno mismo, indican una disfunción, la existencia de cierto malestar interior, dolor y sufrimiento.  En el caso de la depresión, es una bajada a los infiernos personales, una parada del ritmo de la vida cotidiana para escucharse, para estar en contacto consigo mismo, encapsularse como la crisálida de una mariposa para llegar a tocar fondo. En el caso de la ansiedad (caracterizada por opresión en el pecho, taquicardia, sudoración, temblores y un nudo en la garganta) aparece cuando existen preocupaciones y conflictos no resueltos. Manifiesta que hay algo que se vive como amenazante. Los ataques de ansiedad suponen sentirse incapaz de lo que la situación requiere. La manera de sanar no pasa por rechazar nuestros síntomas o la enfermedad sino por abrazarla con amor, ternura y compasión, lo que verdaderamente constituye la mejor medicina.  La esperanza, hablar, expresar sentimientos y pedir ayuda cuando uno se halla preocupado, desanimado o apesadumbrado también son factores curativos. El enfado, el rencor, la angustia, la tristeza y el miedo son sentimientos que sólo son perjudiciales si no se expresan y no se afrontan.

Durante ese viaje hemos de cuidar nuestro cuerpo en todas sus facetas, aprender a respetar sus necesidades y ser responsables de nuestra salud y bienestar. Hay que cuidar la alimentación (somos lo que comemos), hacer ejercicio físico (provoca la liberación de endorfinas de efecto antidepresivo y ansiolítico,  estimula el sistema inmunológico y estabiliza el ritmo cardíaco) y aprender a respirar profundamente (modifica la manera de pensar, sentir y posicionarnos ante la vida; espirar e inspirar: dar y recibir). En el cuerpo se refleja nuestra vida emocional. Las emociones son experiencias somáticas y la energía que emana de ellas puede quedar liberada o por el contrario, bloqueada, dejando huella en el cuerpo.

Abrirnos a la vida significa permanecer vulnerables, permitirnos sentir. La vida en sí misma es incierta, insegura e impredecible. Entraña libertad y riesgo. La alegría de estar vivo significa aceptar el desafío de lo desconocido, abrazar lo nuevo. El proceso de crecimiento personal nos conduce a tomar conciencia de nosotros mismos y asumir la responsabilidad de nuestra vida. Mientras nos dediquemos a culpar a otras personas o a sentirnos culpables  permaneceremos encerrados en recorridos neuróticos. La culpabilidad supone seguir sufriendo por aquello que sucedió en el pasado, que obviamente no puede cambiarse. Si nos comprendemos, aceptamos y perdonamos estaremos generando nuevas conductas alternativas y sanas. En realidad sólo somos víctimas de nosotros mismos, de nuestras creencias limitantes y condicionamientos. Las personas que sufren porque dependen del amor y la atención de sus allegados, no se han asumido. Si aprendemos a contar con nosotros mismos todo cambia, recuperamos el poder, nos sentimos fuertes y capaces, confiamos en nosotros y en el mundo, conquistamos nuestra libertad. Podemos elegir entre ser nuestro mayor enemigo o nuestro mejor aliado, depende de si nos rechazamos o decidimos aceptarnos plenamente. Aferrarse a las personas, situaciones y circunstancias de forma estática, en una vida que es cambiante, acarrea dolor y sufrimiento.  Cuando nuestro mundo deja de ser previsible y cambia, experimentamos sentimientos de incertidumbre, dolor, rabia, impotencia, miedo, tristeza y frustración. Cuando admitimos la realidad sin resistencias, cuando aceptamos las cosas como son, desaparece el dolor. Fluir quiere decir aceptación, dejar llegar lo que viene, dejar ir lo que se va.

Todos aquellos aspectos, emociones y conductas que uno cree inaceptables y que por ello rechaza, como la rabia, los celos, la mentira, la vergüenza, el resentimiento, la culpa, el orgullo, la lujuria, la gula y las tendencias agresivas (actitudes que con facilidad proyectamos y reconocemos en los demás) pertenecen a nuestra sombra. Podemos verla cuando reaccionamos de manera exagerada y desproporcionada, con rechazo, desprecio o animadversión,  ante las actitudes, defectos y acciones de quienes nos rodean.  Dado que no podemos cambiar a los demás, pero sí a nosotros mismos, cuando nos reconciliamos con nuestros “enemigos internos”, cuando aceptamos esas partes rechazadas, curiosamente la relación con los “enemigos externos” se transforma.  Amarse de verdad supone amar también nuestras mezquindades y nuestro sentimiento de inferioridad o inadecuación. Lo peor de nosotros mismos, nuestra basura, sirve de abono y fertilizante para seguir creciendo.

Si nos vivimos como necesitados del otro, si sentimos que somos la mitad de una naranja y no seres completos exigimos al otro lo que suponemos que está obligado a darnos. La independencia económica es un requisito imprescindible para lograr la emocional. El verdadero encuentro entre el hombre y la mujer se da entre seres autónomos, solidarios, equivalentes e interdependientes, que se relacionan desde la libertad, la responsabilidad, el disfrute, la reciprocidad y la cooperación, sin atrapar, ni sentirse atrapados. Las actitudes de dependencia, las exigencias, la posesividad, los celos, el control, la manipulación y el sufrimiento no son sinónimos sino distorsiones del amor. La obsesión por el otro es un indicativo de la necesidad, no del amor.

La mejor manera para prepararse para un verdadero encuentro es aprender a estar solos, para conocernos en todos los sentidos, ampliar nuestra identidad, reconocer nuestras limitaciones y capacidades, aprender a ser autosuficientes y hacer aquellas cosas que nunca se habían hecho. Se toman decisiones y se asume la responsabilidad por lo que se decide hacer o dejar de hacer.  Supone estar en contacto con las propias necesidades, poner límites y reconocer lo que uno no quiere. Sin embargo, también es necesario un espejo donde mirarse, pero no se elige al otro para que nos salve, proteja, sostenga o adore. Tampoco para escapar de una situación o a fin de que nos proporcione seguridad. El conocer al otro y ser conocido requiere apertura y tiempo, no se trata de volcarse “de golpe” en una relación como una salvación, ni de renunciar a ser uno mismo.

Una relación entre almas se sustenta en la amistad, la confianza, la admiración y el interés por las actividades y sueños del otro. El respeto mutuo, la sinceridad y la complicidad fortalecen el vínculo, así como el honrar y valorar la relación.  Es importante respetar la relación tanto como preservar el propio camino individual. Para seguir enamorado es indispensable que nos guste la persona en quien nos hemos convertido durante la relación, y en muchas ocasiones sucede todo lo contrario: uno se ha alejado tanto de sí mismo que no se reconoce y tampoco se gusta. Y si la relación llega a un punto de irreversibilidad, sólo queda rendirse ante la evidencia y aceptar la situación, liberarse emocionalmente uno del otro a través de un proceso de duelo en que cada uno tendrá que perdonarse a sí mismo y a su pareja, sin culpar, ni culpabilizarse, acabar con los reproches mutuos y llegar a la conclusión de que ambos son responsables de la separación, la cual, entendida como una crisis, representa una verdadera oportunidad de salir de una relación intolerable e insostenible y crear una nueva vida llena de esperanzas, movilizando los recursos internos y externos. Es importante sentir gratitud por lo que hubo, por lo que el otro nos aportó, valorando no sólo lo que fue bueno sino también el aprendizaje de los aspectos más frustrantes y dificultosos. El viaje hacia el corazón requiere desprenderse, soltar, abandonar, aunque en un principio no pudiéramos imaginar vivir sin la persona a quien estábamos aferrados, porque lo cierto… es que siempre se puede.

  

Comprendiendo el proceso del duelo

 

Detrás de cada cambio importante hay una pérdida para elaborar, aún detrás de aquellos cambios que implican modificaciones positivas. Cada vez que algo llega, desplaza lo anterior, que deja de ser.

Y este cambio, sea interno o externo, conlleva un proceso de elaboración de lo diferente, una adaptación a lo nuevo, aunque sea para mejor. Mejorar también es perder.

 

Como su nombre indica, los duelos… duelen. Y no se puede evitar que duelan. El hecho concreto de pensar que voy hacia algo mejor que aquello que dejé es muchas veces un excelente premio de consuelo, que de alguna manera compensa con la alegría de esto que vivo, el dolor que causa lo perdido. Pero aunque compensa, no evita, aunque aplaca, no cancela, aunque anima a seguir…. no anula la pena.

 

Inicialmente puede que pasemos por una etapa de incredulidad, que nos sintamos confusos, que neguemos la pérdida. Hay que permitirse sentir el dolor plenamente porque el permiso es el primer paso de este camino y ningún camino se termina si antes no se comienza a recorrerlo. Es normal explotar desesperadamente, sentir furia, enojarse buscando a quien culpabilizar, y acabar sintiéndonos nosotros mismos culpables por todo lo que podríamos haber evitado o haber hecho. La impotencia nos causa desolación, nos damos cuenta de que las cosas no van a volver a ser como eran y no sabemos con certeza pronosticar de qué manera van a ser. Son momentos de tristeza, de miedos e incertidumbres. Hasta que decidimos transformar la energía ligada al dolor en una acción, lograr que mi camino me lleve a algo que de alguna manera se vuelva útil para mi vida o la de otros. Y nos resituamos en la vida que sigue, aceptamos la posibilidad de seguir adelante sin lo que perdimos.

 

Vivir los cambios es animarnos a permitir que las cosas dejen de ser para que den lugar a otras nuevas cosas. Hay que vaciarse para poder llenarse. Elaborar un duelo es aprender a soltar lo anterior, que nos suena más seguro, protegido y previsible, dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Eso nos obliga a crecer, a madurar.

El dolor implica estar en contacto con lo que sentimos, con la carencia y con el vacío que dejó lo ausente. Nos produce tristeza y aunque ésta pueda generar una crisis, permite luego que uno vuelva a estar completo, que suceda el cambio, que la vida continúe en todo su esplendor. Un duelo se ha completado cuando somos capaces de recordar lo perdido sintiendo poco o ningún dolor. Cuando hemos aprendido a vivir sin eso que no está. Cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en nuestra vida presente.

 

En el caso de un divorcio, el duelo significa aprender que la pérdida de este vínculo puede dar lugar a que aparezca una persona que sea más afín con mis gustos y principios.

 

(resumen del libro “El camino de las lágrimas” de Jorge Bucay)

 

 
EL MIEDO Y LA LIBERTAD

En una tierra en guerra, había un rey que causaba espanto: a sus prisioneros, no los mataba… los llevaba a una sala donde había un grupo de arqueros en un lado y en otro una inmensa puerta de hierro, sobre la cual se veían grabados figuras de cadáveres cubiertos de sangre.
En esta sala les hacía formar un círculo y les decía a cada uno que eligieran, entre morir a flechazos por sus arqueros o pasar por esa puerta…
Detrás de esa puerta yo os estaré esperando

Todos elegían ser muertos por los arqueros… pero un día al terminar la guerra, un soldado que durante mucho tiempo había servido al rey se dirigía a él para preguntarle:
Señor ¿puedo hacerle una pregunta?
Dime, soldado.
Señor ¿Qué se esconde detrás de la puerta? El rey contestó… Ve y mira tu mismo!!!

El soldado, abrió temerosamente la puerta y a medida que lo hacía ,los rayos de sol entraban y la luz invadió el ambiente, donde finalmente descubrió que…
La puerta se abría sobre un camino que conducía hacia la LIBERTAD
El soldado, embelesado, miró a su rey y éste le dijo.
Yo les daba la oportunidad de ELEGIR, pero todos preferían morir a arriesgar a abrir esta puerta!!

“¿Cuántos puertas dejamos de abrir por el miedo a arriesgar?, ¿cuantas veces perdemos la libertad y morimos por dentro, solamente por sentir miedo de abrir la puerta de nuestros sueños?”

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EL VUELO DEL HALCÓN
Un rey recibió como obsequio, dos pequeños halcones, y los entregó al maestro de cetrería, para que los entrenara. Pasados unos meses, el maestro le informó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente, pero que al otro no sabía qué le sucedía: no se había movido de la rama donde lo dejó desde el día que llegó. El rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón, pero nadie pudo hacer volar el ave. Encargó, entonces, la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió. Al día siguiente, por la ventana, el monarca pudo observar, que el ave aún continuaba inmóvil. Entonces, decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que hiciera volar al halcón.
A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines. El rey le dijo a su corte, "Traedme al autor de ese milagro". Su corte rápidamente le presentó a un campesino. El rey le preguntó:
– ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿Eres mago?
Intimidado el campesino le dijo al rey: – Fue fácil mi rey. Sólo corté la rama, y el halcón voló. – Se dio cuenta que tenía alas y se largó a volar.
¿A que estás agarrado que te impide volar? ¿De qué no te puedes soltar?
Vivimos dentro de una zona de comodidad donde nos movemos, y creemos que eso es lo único que existe. Dentro de esa zona está todo lo que sabemos, y todo lo que creemos. Convivimos con nuestros valores, nuestros miedos y nuestras limitaciones. En esa zona reina nuestro pasado y nuestra historia. Todo lo conocido, cotidiano y fácil…
Tenemos sueños, queremos resultados, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos. No siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles. Deja de aferrarte a tu propia rama y corre el riesgo de volar más alto…

“Quedarse en lo conocido por miedo a lo desconocido, equivale a mantenerse con vida pero no vivir.”