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Liberarse interiormente

(extraído del libro “Volar sobre el pantano” de Carlos Cuahtémoc Sánchez)

Llenarse de energía interior liberándose de cadenas mentales…

Libérate de la creencia de ser el protector de la humanidad. Tienes derecho a no cargar con las culpas de otros.
Ayudar, cooperar, conceder, dar son actitudes de servicio sublimes cuya grandeza estriba precisamente en ser una muestra voluntaria de la generosidad del alma; pero las mismas actitudes pierden su excelsitud cuando se viven a fuerza, por presión o manipulación de otros.
Es momento de empezar a madurar. Tienes derecho a negarte cuando otra persona te trate de obligar a pagar sus culpas.
Es verdad que nuestras actitudes pueden cambiar el rumbo de la existencia de otros, pero en muy pocas ocasiones somos responsables de su ruina. Cada uno puede enderezar el camino de su vida y tú no eres responsable si alguien no lo hace.
Libérate de la presión del sufrimiento ajeno.
Entender que tú no eres el protector de la humanidad, que el sufrimiento ayuda al progreso de quien lo padece y que no hay nada malo en el dolor, pues éste nos hace mejores, es básico para liberarse del primer grillete.
Recuerda siempre: Tienes derecho a no cargar con las culpas de otros. Sobre todo si te obligan a ello, porque entonces no lo harás por servicio o por misión sino por manipulación y nadie puede manipular a una persona madura.

Libérate de la obligación de ser perfecto. Tienes derecho a cometer errores y pagar por ellos.
Si te, equivocas acéptalo, no te defiendas, no busques justificaciones. Grábatelo con fuego: tienes derecho a cometer errores. Tantos como necesites cometer para ir aprendiendo las lecciones de la vida.
Entiende que en el futuro seguirás cometiendo errores y no te sientas mal por ello ni te inhibas para tomar nuevos riesgos. Continúa moviéndote, decidiendo, actuando, aunque te equivoques.
Cada error tiene su precio y debes aceptar pagarlo gustoso
Calificar a las personas con un ‘eres’ acompañado de adjetivos denigrantes es una insolencia enorme. No permitas que algún manipulador te cuelgue etiquetas permanentes y si lo han hecho ya, arráncaselas con decisión para siempre.

Libérate de la rigidez. Tienes derecho a cambiar de opinión
El no atreverse a rectificar el camino, por temor a que alguien se enoje, es un acto pueril e irresponsable. Erradica esa costumbre, quítala de tu cabeza. La rigidez es una excelente cadena que te hace fácilmente muñeco de otros, pues te obliga a mantenerte atado a decisiones que en su momento fueron buenas pero que ya no lo son. La gente y las circunstancias cambian; lo que antes consideraste conveniente puede no serlo a la luz de nuevas ideas. Tienes derecho a cambiar de opinión.
Como es de esperarse, hay que saber también que ejercer este derecho tiene un precio. Con frecuencia, al cambiar de opinión pagarás pérdida de bienes, retroceso en el. camino andado, molestia en otros, etcétera; pero valora lo que pierdes y lo que ganas para actuar después, con los pies en la Tierra, según te convenga. No te sientas atado de manos sólo porque afirmaste algo. Ésas son pamplinas que te hacen víctima de los manipuladores. Tienes derecho a cambiar de opinión.
Si compraste algo y no te gustó, devuélvelo, si anunciaste hacer un negocio determinado, pero luego reflexionas que te beneficia otra cosa, el ‘echarse para
atrás’ no será muestra de inmadurez sino de todo lo contrario. Por supuesto que pocos lo entenderán. Te tildarán de inconsistente, de no tener palabra y si logran intimidarte, cederás y harás algo que de antemano sabes perjudicial. Pero detente… Miles de personas, en una moral mal entendida, se esfuerzan por defender su posición aún sabiendo que es errónea, millones de seres humanos viven soportando situaciones terribles cuando por dentro quisieran cambiar y liberarse de las presiones que aceptaron en otra época. Los que no pueden superar la zona de aprobación suelen tener pánico a que los demás piensen mal de ellos, por eso se ven en la necesidad de hacer cosas que no quieren. (…) Si exaltado por los calores del momento te retaste a golpes con alguien o juraste hacer algo que posteriormente evalúas inconveniente, piénsalo mejor, no hagas lo que ya no quieres hacer. Tienes derecho a cambiar de opinión.

Libérate de la obligación de saberlo todo. Tienes derecho a decir “no sé” o “no entiendo”.
Las personas de mente cerrada tratan de hacer sentir mal a los demás demostrándoles cuán ignorantes son. Te preguntan si has leído determinado libro, si conoces a cierto personaje, si estás enterado de las noticias, esperando que caigas en alguna torpeza para echártela en cara… Recuerda que no tienes por qué fingir o aducir que tal o cual cosa, en efecto, te parece conocida. Arráncate el grillete.
Tienes derecho a decir ‘no sé’ o “no entiendo’. Si te preguntan qué piensas de aquello, no te angusties, puedes contestar con un simple NO SÉ. Si alguien te exige algo que te parece ilógico, dile que no entiendes por qué te pide eso, y no accedas hasta que te explique a tu entera satisfacción. Si alguien está enojado y no sabes la razón, dile abiertamente que no entiendes el porqué de su actitud. Observar con atención y aprender a reconocer una y otra vez que ‘no saben’ para hacer que los demás expliquen, es el secreto de los sabios. Si no sabes o no entiendes algo, dilo.
En vez de sentirte pequeño enorgullécete cada vez que tengas la oportunidad de decir NO SÉ, o NO ENTIENDO, pues aprenderás algo nuevo y ese día tendrá más sentido para ti.

Libérate del complejo de “acusado” tienes derecho a no dar explicaciones.
Si no haces exactamente lo que otros quieren, te acorralarán, obligándote a defender.
(…) Si un manipulador te molesta o trata de que aceptes sus condiciones, no te enojes; manifiesta tu inconformidad serenamente con mucha perseverancia sin explicar nada más. Frente a una persona de mente cerrada que insiste en manejarse, necesitarás ser tenaz, pero sin salirte de tus cabales, diciendo claramente, en forma reiterativa, lo que deseas. No discutas ni trates de convencerlo con argumentos.
Sólo di lo que quieres. Insiste aunque tus frases no contesten lo que él te pregunte, tal como si te hubieses tragado una grabadora que repite siempre lo mismo. La perseverancia exenta de ira desarma totalmente a los cerrados haciéndolos ceder aunque sea de mala gana. La fórmula clave es persistencia con serenidad. No lo olvides. Haz oídos sordos a las amenazas del manipulador. Si él dice no UNA vez, tú dirás sí DOS, si insiste SEIS veces, tú lo harás SIETE, si tiene ONCE frases para hacerte caer, tú tienes DOCE para mantenerte firme. Así de simple, sin gritar, sin molestarle, repitiendo una y otra vez tu punto de vista y evitando caer en el juego de contestar las preguntas o dar explicaciones y excusas.

Cuando cambias lo que comes, cambias lo que eres. La mente se alimenta de conceptos. Al final, nosotros somos el dibujo de las ideas con las que nos alimentamos más continuamente.
 

(extraído del libro “Usted puede sanar su vida” de Louise Hay)

Todo lo que pensamos va creando nuestro futuro.

El momento del poder es siempre el presente.

En nuestros peores momentos, pensamos: «Yo no sirvo…». No es más que una idea, y una idea se puede cambiar.

La vida es realmente muy simple: Recibimos lo que hemos dado. Cada uno de nosotros crea sus experiencias con lo que piensa y lo que siente.

El resentimiento, la crítica y la culpa son las reacciones más dañinas.

«Toda enfermedad proviene de no haber perdonado algo», y que «Cada vez que enfermamos, debemos mirar a nuestro alrededor para ver a quién tenemos que perdonar. La persona a quien más difícil se nos hace perdonar es aquella misma de quien más necesitamos liberarnos. Perdonar significa renunciar, dejar en libertad. No tiene nada que ver con ningún comportamiento externo; es simplemente no seguir aferrado a algo. «Te perdono por no ser como yo quería que fueras. Te perdono y te dejo en libertad.»

«Debería» es una de las palabras más dañinas de nuestro lenguaje. Cada vez que la usamos estamos, de hecho, hablando de una «equivocación». Decimos que estamos equivocados, o que lo estuvimos o que lo estaremos.

Lo que necesitamos es tener más libertad de elección. Reemplazar «debería» por «podría». «Podría» nos permite una opción, y nunca nos equivocamos.

Si a un niño le decimos cuánto lo queremos y cuánto nos importa, que nos encanta el aspecto que tiene y que es simpático e inteligente, que nos gusta su manera de hacer las cosas y que está bien que cometa errores mientras aprende, y que estaremos siempre a su lado en cualquier situación… ¡entonces, el potencial que muestre ese niño nos dejará alucinados!

Cualquier cosa que yo decida creer, llega a ser verdad para mí. Lo que pensamos puede ser totalmente diferente. Sea cual fuere el problema, proviene de un modelo mental, ¡y los modelos mentales se pueden cambiar!

Si queremos una vida jubilosa, debemos tener pensamientos jubilosos. Si queremos una vida próspera, debemos tener pensamientos de prosperidad. Si queremos una vida llena de amor, debemos poner amor en nuestros pensamientos. Aquello que, verbal o mentalmente, enviemos hacia afuera, será lo que de la misma forma vuelva a nosotros.

No importa durante cuánto tiempo hayamos seguido un modelo negativo o sufrido una enfermedad o una mala relación, o padecido dificultades financieras. No importa durante cuánto tiempo nos hayamos aborrecido a nosotros mismos. ¡Hoy podemos empezar a cambiar!

Si escoge ideas que le creen problemas y sufrimiento, estará haciendo una tontería, como si eligiera comidas que siempre le caen mal.
Sin embargo, tan pronto como descubre cuáles son las comidas que le hacen daño, las evita. Lo mismo tiene que hacer con los pensamientos. Manténgase lejos de las ideas que le causan problemas y dolor.

Sucede algo y uno se enfada; sucede otra cosa, y vuelve a enfadarse, una y otra vez, pero nunca se va más allá del enojo. Es una reacción tonta que desperdicie uno su tiempo sin hacer nada más que enojarse. Sería mucho más útil preguntarse cómo es que uno va creando tantas situaciones enojosas. Si lo que damos es enojo, estamos creando situaciones que nos darán motivos de enojo.

Debemos cambiar nuestra manera de pensar, nuestra manera de hablar, nuestra manera de expresarnos. Sólo entonces se producirán los cambios externos.

Combatir lo negativo es una total pérdida de tiempo, si lo que usted realmente quiere es llevar a cabo cambios en su vida. Cuanto más insista en lo que no quiere, tanto más estará creándolo. Lo más probable es
que las cosas que siempre le han disgustado, aún sigan formando parte de usted o de su vida.

Aquello en que se fija la atención es lo que crece y se consolida. Apártese de lo negativo para fijar la atención en aquello que realmente quiere ser o tener. Aprenda a usar afirmaciones positivas tanto al hablar como al pensar. Formule siempre sus enunciados en tiempo presente.

No postergue su propia prosperidad con celos o resentimientos porque haya otras personas que tengan más que usted. No critique la forma en que los demás gastan su dinero. Eso no es asunto suyo.

Esta es la única manera de cambiar a los demás: empezar por cambiarnos a nosotros. Cambie usted sus modelos mentales y verá como «ellos» también actúan de otra forma.

«Me acepto y me apruebo, me acepto y me apruebo, me acepto y me apruebo.» Pase lo que pase, le digan lo que le digan, le hagan lo que le hagan, usted siga repitiéndoselo. De hecho, cuando pueda decirse eso sea cual sea la situación en la que se encuentre, sabrá que está creciendo y cambiando. Parte de la aceptación de sí mismo reside en liberarse de las opiniones ajenas.

(A partir del libro "Un viaje hacia el corazón", de Ascensión Belart)

Un viaje hacia el interior del corazón es una expedición hacia las profundidades de uno mismo, el proceso de crecimiento para convertirnos en seres humanos maduros y plenamente desarrollados. Este viaje requiere, en primer lugar, una limpieza o clarificación psicológica en la que vamos tomando conciencia de nuestros condicionamientos, limitaciones y defensas para finalmente acceder y desarrollar nuestro ser esencial.  Hemos de reconocer y trabajar nuestras pautas de infancia, nuestras imágenes limitadoras y conductas autodestructivas, los modelos de relaciones disfuncionales, la negación de nuestras necesidades, el miedo al amor y al abandono y los apegos. Se trata de un proceso de individuación para llegar a ser uno mismo, con las singularidades y peculiaridades propias.

Cuando no estamos en armonía con nuestra propia vida, o con la existencia en general, en ocasiones el alma se queja, protesta y reclama atención, y surgen los síntomas.  Estos indican la dirección de lo que el alma anhela, pero también aquello de lo que nos defendemos, a lo que nos resistimos con ahínco, e incluso buscan obtener lo que uno no se atreve a pedir. Si bien los síntomas los crea uno mismo, indican una disfunción, la existencia de cierto malestar interior, dolor y sufrimiento.  En el caso de la depresión, es una bajada a los infiernos personales, una parada del ritmo de la vida cotidiana para escucharse, para estar en contacto consigo mismo, encapsularse como la crisálida de una mariposa para llegar a tocar fondo. En el caso de la ansiedad (caracterizada por opresión en el pecho, taquicardia, sudoración, temblores y un nudo en la garganta) aparece cuando existen preocupaciones y conflictos no resueltos. Manifiesta que hay algo que se vive como amenazante. Los ataques de ansiedad suponen sentirse incapaz de lo que la situación requiere. La manera de sanar no pasa por rechazar nuestros síntomas o la enfermedad sino por abrazarla con amor, ternura y compasión, lo que verdaderamente constituye la mejor medicina.  La esperanza, hablar, expresar sentimientos y pedir ayuda cuando uno se halla preocupado, desanimado o apesadumbrado también son factores curativos. El enfado, el rencor, la angustia, la tristeza y el miedo son sentimientos que sólo son perjudiciales si no se expresan y no se afrontan.

Durante ese viaje hemos de cuidar nuestro cuerpo en todas sus facetas, aprender a respetar sus necesidades y ser responsables de nuestra salud y bienestar. Hay que cuidar la alimentación (somos lo que comemos), hacer ejercicio físico (provoca la liberación de endorfinas de efecto antidepresivo y ansiolítico,  estimula el sistema inmunológico y estabiliza el ritmo cardíaco) y aprender a respirar profundamente (modifica la manera de pensar, sentir y posicionarnos ante la vida; espirar e inspirar: dar y recibir). En el cuerpo se refleja nuestra vida emocional. Las emociones son experiencias somáticas y la energía que emana de ellas puede quedar liberada o por el contrario, bloqueada, dejando huella en el cuerpo.

Abrirnos a la vida significa permanecer vulnerables, permitirnos sentir. La vida en sí misma es incierta, insegura e impredecible. Entraña libertad y riesgo. La alegría de estar vivo significa aceptar el desafío de lo desconocido, abrazar lo nuevo. El proceso de crecimiento personal nos conduce a tomar conciencia de nosotros mismos y asumir la responsabilidad de nuestra vida. Mientras nos dediquemos a culpar a otras personas o a sentirnos culpables  permaneceremos encerrados en recorridos neuróticos. La culpabilidad supone seguir sufriendo por aquello que sucedió en el pasado, que obviamente no puede cambiarse. Si nos comprendemos, aceptamos y perdonamos estaremos generando nuevas conductas alternativas y sanas. En realidad sólo somos víctimas de nosotros mismos, de nuestras creencias limitantes y condicionamientos. Las personas que sufren porque dependen del amor y la atención de sus allegados, no se han asumido. Si aprendemos a contar con nosotros mismos todo cambia, recuperamos el poder, nos sentimos fuertes y capaces, confiamos en nosotros y en el mundo, conquistamos nuestra libertad. Podemos elegir entre ser nuestro mayor enemigo o nuestro mejor aliado, depende de si nos rechazamos o decidimos aceptarnos plenamente. Aferrarse a las personas, situaciones y circunstancias de forma estática, en una vida que es cambiante, acarrea dolor y sufrimiento.  Cuando nuestro mundo deja de ser previsible y cambia, experimentamos sentimientos de incertidumbre, dolor, rabia, impotencia, miedo, tristeza y frustración. Cuando admitimos la realidad sin resistencias, cuando aceptamos las cosas como son, desaparece el dolor. Fluir quiere decir aceptación, dejar llegar lo que viene, dejar ir lo que se va.

Todos aquellos aspectos, emociones y conductas que uno cree inaceptables y que por ello rechaza, como la rabia, los celos, la mentira, la vergüenza, el resentimiento, la culpa, el orgullo, la lujuria, la gula y las tendencias agresivas (actitudes que con facilidad proyectamos y reconocemos en los demás) pertenecen a nuestra sombra. Podemos verla cuando reaccionamos de manera exagerada y desproporcionada, con rechazo, desprecio o animadversión,  ante las actitudes, defectos y acciones de quienes nos rodean.  Dado que no podemos cambiar a los demás, pero sí a nosotros mismos, cuando nos reconciliamos con nuestros “enemigos internos”, cuando aceptamos esas partes rechazadas, curiosamente la relación con los “enemigos externos” se transforma.  Amarse de verdad supone amar también nuestras mezquindades y nuestro sentimiento de inferioridad o inadecuación. Lo peor de nosotros mismos, nuestra basura, sirve de abono y fertilizante para seguir creciendo.

Si nos vivimos como necesitados del otro, si sentimos que somos la mitad de una naranja y no seres completos exigimos al otro lo que suponemos que está obligado a darnos. La independencia económica es un requisito imprescindible para lograr la emocional. El verdadero encuentro entre el hombre y la mujer se da entre seres autónomos, solidarios, equivalentes e interdependientes, que se relacionan desde la libertad, la responsabilidad, el disfrute, la reciprocidad y la cooperación, sin atrapar, ni sentirse atrapados. Las actitudes de dependencia, las exigencias, la posesividad, los celos, el control, la manipulación y el sufrimiento no son sinónimos sino distorsiones del amor. La obsesión por el otro es un indicativo de la necesidad, no del amor.

La mejor manera para prepararse para un verdadero encuentro es aprender a estar solos, para conocernos en todos los sentidos, ampliar nuestra identidad, reconocer nuestras limitaciones y capacidades, aprender a ser autosuficientes y hacer aquellas cosas que nunca se habían hecho. Se toman decisiones y se asume la responsabilidad por lo que se decide hacer o dejar de hacer.  Supone estar en contacto con las propias necesidades, poner límites y reconocer lo que uno no quiere. Sin embargo, también es necesario un espejo donde mirarse, pero no se elige al otro para que nos salve, proteja, sostenga o adore. Tampoco para escapar de una situación o a fin de que nos proporcione seguridad. El conocer al otro y ser conocido requiere apertura y tiempo, no se trata de volcarse “de golpe” en una relación como una salvación, ni de renunciar a ser uno mismo.

Una relación entre almas se sustenta en la amistad, la confianza, la admiración y el interés por las actividades y sueños del otro. El respeto mutuo, la sinceridad y la complicidad fortalecen el vínculo, así como el honrar y valorar la relación.  Es importante respetar la relación tanto como preservar el propio camino individual. Para seguir enamorado es indispensable que nos guste la persona en quien nos hemos convertido durante la relación, y en muchas ocasiones sucede todo lo contrario: uno se ha alejado tanto de sí mismo que no se reconoce y tampoco se gusta. Y si la relación llega a un punto de irreversibilidad, sólo queda rendirse ante la evidencia y aceptar la situación, liberarse emocionalmente uno del otro a través de un proceso de duelo en que cada uno tendrá que perdonarse a sí mismo y a su pareja, sin culpar, ni culpabilizarse, acabar con los reproches mutuos y llegar a la conclusión de que ambos son responsables de la separación, la cual, entendida como una crisis, representa una verdadera oportunidad de salir de una relación intolerable e insostenible y crear una nueva vida llena de esperanzas, movilizando los recursos internos y externos. Es importante sentir gratitud por lo que hubo, por lo que el otro nos aportó, valorando no sólo lo que fue bueno sino también el aprendizaje de los aspectos más frustrantes y dificultosos. El viaje hacia el corazón requiere desprenderse, soltar, abandonar, aunque en un principio no pudiéramos imaginar vivir sin la persona a quien estábamos aferrados, porque lo cierto… es que siempre se puede.

  

Comprendiendo el proceso del duelo

 

Detrás de cada cambio importante hay una pérdida para elaborar, aún detrás de aquellos cambios que implican modificaciones positivas. Cada vez que algo llega, desplaza lo anterior, que deja de ser.

Y este cambio, sea interno o externo, conlleva un proceso de elaboración de lo diferente, una adaptación a lo nuevo, aunque sea para mejor. Mejorar también es perder.

 

Como su nombre indica, los duelos… duelen. Y no se puede evitar que duelan. El hecho concreto de pensar que voy hacia algo mejor que aquello que dejé es muchas veces un excelente premio de consuelo, que de alguna manera compensa con la alegría de esto que vivo, el dolor que causa lo perdido. Pero aunque compensa, no evita, aunque aplaca, no cancela, aunque anima a seguir…. no anula la pena.

 

Inicialmente puede que pasemos por una etapa de incredulidad, que nos sintamos confusos, que neguemos la pérdida. Hay que permitirse sentir el dolor plenamente porque el permiso es el primer paso de este camino y ningún camino se termina si antes no se comienza a recorrerlo. Es normal explotar desesperadamente, sentir furia, enojarse buscando a quien culpabilizar, y acabar sintiéndonos nosotros mismos culpables por todo lo que podríamos haber evitado o haber hecho. La impotencia nos causa desolación, nos damos cuenta de que las cosas no van a volver a ser como eran y no sabemos con certeza pronosticar de qué manera van a ser. Son momentos de tristeza, de miedos e incertidumbres. Hasta que decidimos transformar la energía ligada al dolor en una acción, lograr que mi camino me lleve a algo que de alguna manera se vuelva útil para mi vida o la de otros. Y nos resituamos en la vida que sigue, aceptamos la posibilidad de seguir adelante sin lo que perdimos.

 

Vivir los cambios es animarnos a permitir que las cosas dejen de ser para que den lugar a otras nuevas cosas. Hay que vaciarse para poder llenarse. Elaborar un duelo es aprender a soltar lo anterior, que nos suena más seguro, protegido y previsible, dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Eso nos obliga a crecer, a madurar.

El dolor implica estar en contacto con lo que sentimos, con la carencia y con el vacío que dejó lo ausente. Nos produce tristeza y aunque ésta pueda generar una crisis, permite luego que uno vuelva a estar completo, que suceda el cambio, que la vida continúe en todo su esplendor. Un duelo se ha completado cuando somos capaces de recordar lo perdido sintiendo poco o ningún dolor. Cuando hemos aprendido a vivir sin eso que no está. Cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en nuestra vida presente.

 

En el caso de un divorcio, el duelo significa aprender que la pérdida de este vínculo puede dar lugar a que aparezca una persona que sea más afín con mis gustos y principios.

 

(resumen del libro “El camino de las lágrimas” de Jorge Bucay)

 

La isla de las emociones
(cuento de Jorge Bucay)
 
Hubo una vez una isla donde habitaban todas las emociones y todos los sentimientos humanos que existen. Convivían, por supuesto, el Temor, la Sabiduría, el Amor, la Angustia, la Envidia, el Odio… Todos estaban allí.

A pesar de los roces naturales de la convivencia, la vida era sumamente tranquila y hasta previsible. A veces la Rutina hacia que el Aburrimiento se quedara dormido, o el Impulso armaba algún escándalo, pero muchas veces la Constancia y la Conveniencia lograban aquietar el Descontento.

Un día, inesperadamente para todos los habitantes de la isla, el Conocimiento llamó a reunión. Cuando la Distracción se dio por enterada y la Pereza llegó al lugar del encuentro, todos estuvieron presentes. Entonces, el Conocimiento dijo:

–Tengo una mala noticia para darles: La isla se hunde.

Todas las emociones que vivían en la isla dijeron:

–¡No, cómo puede ser! ¡Si nosotros vivimos aquí desde siempre!

El Conocimiento repitió:

–La isla se hunde.

–¡Pero no puede ser! ¡Quizá estás equivocado!

–El Conocimiento casi nunca se equivoca –dijo la Conciencia dándose cuenta de la verdad–. Si él dice que se hunde, debe ser porque se hunde.

–¿Pero qué vamos a hacer ahora? –se preguntaron los demás.

Entonces, el Conocimiento contestó:

–Por supuesto, cada uno puede hacer lo que quiera, pero yo les sugiero que busquen la manera de dejar la isla… Construyan un barco, un bote, una balsa o algo que les permita irse, porque el que permanezca en la isla desaparecerá con ella.

–¿No podrías ayudarnos? –preguntaron todos, porque confiaban en su capacidad.

–No –dijo el Conocimiento–, la Previsión y yo hemos construido un avión y en cuanto termine de decirles esto volaremos hasta la isla más cercana.

Las emociones dijeron:

–¡No! ¡Pero no! ¿Qué será de nosotros?

Dicho esto, el Conocimiento se subió al avión con su socia y, llevando de polizón al Miedo, que como no es zonzo ya se había escondido en el motor, dejaron la isla.

Todas las emociones, en efecto, se dedicaron a construir un bote, un barco, un velero… Todas… salvo el Amor.

Porque el Amor estaba tan relacionado con cada cosa de la isla que dijo:

–Dejar esta isla… después de todo lo que viví aquí… ¿Cómo podría yo dejar este arbolito, por ejemplo? Ahh… compartimos tantas cosas…

Y mientras las emociones se dedicaban a fabricar el medio para irse, el Amor se subió a cada árbol, olió cada rosa, se fue hasta la playa y se revolcó en la arena como solía hacerlo en otros tiempos. Tocó cada piedra… y acarició cada rama…

Al llegar a la playa, exactamente desde donde el sol salía, su lugar favorito, quiso pensar con esa ingenuidad que tiene el amor:

“Quizá la isla se hunda por un ratito… y después resurja… ¿por qué no?”

Y se quedó durante días y días midiendo la altura de la marea para revisar si el proceso de hundimiento no era reversible…

La isla se hundía cada vez más…

Sin embargo, el Amor no podía pensar en construir, porque estaba tan dolorido que sólo era capaz de llorar y gemir por lo que perdería.

Se le ocurrió entonces que la isla era muy grande, y que aun cuando se hundiera un poco, siempre él podría refugiarse en la zona más alta…

Cualquier cosa era mejor que tener que irse. Una pequeña renuncia nunca había sido un problema para él.

Así que, una vez más, tocó las piedritas de la orilla… y se arrastró por la arena… y otra vez se mojó los pies en la pequeña playa que otrora fue enorme…

Luego, sin darse cuenta demasiado de su renuncia, caminó hacia la parte norte de la isla, que si bien no era la que más le gustaba, era la más elevada…

Y la isla se hundía cada día un poco más…

Y el Amor se refugiaba cada día en un espacio más pequeño…

–Después de tantas cosas que pasamos juntos… –le reprochó a la isla.

Hasta que, finalmente, sólo quedó una minúscula porción de suelo firme; el resto había sido tapado completamente por el agua.

Recién en ese momento el Amor se dio cuenta de que la isla se estaba hundiendo de verdad. Comprendió que, si no dejaba la isla, el amor desaparecería para siempre de la faz de la Tierra…

Caminando entre senderos anegados y saltando enormes charcos de agua, el Amor se dirigió a la bahía.

Ya no había posibilidades de construirse una salida como la de todos; había perdido demasiado tiempo en negar lo que perdía y en llorar lo que desaparecía poco a poco ante sus ojos.

Desde allí podría ver pasar a sus compañeros en las embarcaciones. Tenía la esperanza de explicar su situación y de que alguno de sus compañeros lo comprendiera y lo llevara.

Buscando con los ojos en el mar, vio venir el barco de la Riqueza y le hizo señas. La Riqueza se acercó un poquito a la bahía.

–Riqueza, tú que tienes un barco tan grande, ¿no me llevarías hasta la isla vecina? Yo sufrí tanto la desaparición de esta isla que no pude fabricarme un bote…

Y la Riqueza le contestó:

–Estoy tan cargada de dinero, de joyas y de piedras preciosas, que no tengo lugar para ti, lo siento… –y siguió su camino sin mirar atrás.

El Amor se quedó mirando, y vio venir a la Vanidad en un barco hermoso, lleno de adornos, caireles, mármoles y florecitas de todos los colores. Llamaba muchísimo la atención.

El Amor se estiró un poco y gritó:

–¡Vanidad… Vanidad… llévame contigo!

La Vanidad miró al Amor y le dijo:

–Me encantaría llevarte, pero… ¡tienes un aspecto!… ¡estás tan desagradable… tan sucio y tan desaliñado!… Perdón, pero creo que afearías mi barco––y se fue.

Y así, el Amor pidió ayuda a cada una de las emociones. A la Constancia, a la Sensualidad, a los Celos, a la Indignación y hasta al Odio. Y cuando pensó que ya nadie más pasaría, vio acercarse un barco muy pequeño, el último, el de la Tristeza.

–Tristeza, hermana –le dijo–, tú que me conoces tanto, tú no me abandonarás aquí, eres tan sensible como yo… ¿Me llevarás contigo?

Y la Tristeza le contestó:

–Yo te llevaría, te lo aseguro, pero estoy taaaaan triste… que prefiero estar sola –y sin decir más, se alejó.

Y el Amor, pobrecito, se dio cuenta de que por haberse quedado ligado a esas cosas que tanto amaba, la isla iba a hundirse en el mar hasta desaparecer.

Entonces se sentó en el último pedacito que quedaba de su isla a esperar el final…

De pronto, el Amor escuchó que alguien chistaba:

–Chst-chst-chst…

Era un desconocido viejito que le hacía señas desde un bote de remos.

El Amor se sorprendió:

–¿A mí? –preguntó, llevándose una mano al pecho.

–Sí, sí –dijo el viejito–, a ti. Ven conmigo, súbete a mi bote y rema conmigo, yo te salvo.

El Amor lo miró y quiso explicar:

–Lo que pasó fue que yo me quedé…

–Yo entiendo –dijo el viejito sin dejarlo terminar la frase–, sube.

El Amor subió al bote y juntos empezaron a remar para alejarse de la isla.

No pasó mucho tiempo antes de ver cómo el último centímetro que quedaba a flote terminó de hundirse y la isla desaparecía para siempre.

–Nunca volverá a existir una isla como ésta –murmuró el Amor, quizá esperando que el viejito lo contradijera y le diera alguna esperanza.

–No –dijo el viejo– como ésta, nunca.

Cuando llegaron a la isla vecina, el Amor comprendió que seguía vivo. Se dio cuenta de que iba a seguir existiendo.

Giró sobre sus pies para agradecerle al viejito, pero éste, sin decir una palabra, se había marchado tan misteriosamente como había aparecido.

Entonces, el Amor, muy intrigado, fue en busca de la Sabiduría para preguntarle:

–¿Cómo puede ser? Yo no lo conozco y él me salvó… Todos los demás no comprendían que me hubiera quedado sin embarcación, pero él me ayudó, él me salvó y yo ni siquiera sé quién es…

La Sabiduría lo miró a los ojos largamente y dijo:

–Él es el único que siempre es capaz de conseguir que el amor sobreviva cuando el dolor de una pérdida le hace creer que es imposible seguir. El único capaz de darle una nueva oportunidad al amor cuando parece extinguirse. El que te salvó, Amor, es el Tiempo.


(Este cuento es el prólogo del libro de Silvia Salinas "Todo (no) terminó", lleno de reflexiones para volver a empezar después de la ruptura de pareja, y que a mí personalmente me ha ayudado a comprender mis propias emociones sobre mi divorcio, a sustituir el resentimiento por perdón, la culpa por aceptación… y el miedo por valentía):
 
LAS 5 ESTACIONES DEL DIVORCIO

*La confusión. Según Salinas, los dilemas previos a la separación suelen parecerse en todas las parejas. Y sugiere, sobre todo, perderle el miedo a la confusión, tomar distancia y contemplar cada aspecto de la vida sin emitir juicios de valor. "Mucha gente toma soluciones inadecuadas porque no tolera permanecer en ese estado —apunta—. Hay que saberlo: es más sano aprender a convivir con la confusión que resolverla ficticiamente".
*El odio. Al principio, suelen surgir sentimientos agresivos hacia el otro y también hacia uno mismo. "Si en un primer momento necesitamos expresar el enojo, después debemos estar atentos a no cultivarlo", aconseja la psicóloga. Y agrega, además, que nunca podremos divorciarnos emocionalmente, si nuestros resentimientos nos atan a la persona de quien nos queremos separar.
*El dolor. Se oculta a través de la máscara de la bronca. "No tenemos una cultura que avale el estar triste, pero en ciertas ocasiones lo más verdadero que tenemos es nuestra tristeza", apunta Salinas. La pérdida, el dolor, el vacío de la soledad y la incertidumbre son emociones que —según la especialista— se evitan o niegan por miedo a quedarse en el sufrimiento. Pero, en el camino del divorcio, no hay demasiados atajos. "Estamos frente a una opción: aceptar y entrar en nuestro dolor para salir mejor de lo que estábamos antes, o estancarnos en el enojo", dice.
*La nostalgia y la culpa. Con el paso del tiempo, se hacen evidentes los costos de la separación, sobre todo para los hijos. "En este trance, si no logramos rehacer nuestra vida, si nos abate la soledad, empezamos a pensar que si finalmente hubiésemos soportado lo que nos dañaba, los acontecimientos no habrían sido tan malos", describe la psicóloga. Este pensamiento conduce a un callejón sin salida: "el absurdo de pensar que si nosotros y nuestra pareja no hubiéramos sido los que fuimos, la relación habría sido otra".
*La aceptación. Cuando se reconoce que las cosas son como son y ya no hay posibilidad de modificarlas, se empieza a elaborar el duelo. "Aceptar no es lo mismo que resignarse —advierte Salinas—. En la resignación uno sigue enojado con la situación, en cambio, en la aceptación nos entregamos a lo que aconteció, aunque contradiga nuestra idea de lo que debería haber sido", concluye.